La República de la Concha…

Hay lugares a los cuales uno tiende a regresar olvidando las pasiones que despiertan cada vez que se regresa a ellos. Cayo Hueso representa esos sentimientos que creía tener olvidados y que renacen cada vez que camino sus calles angostas, con sus ornamentadas casas de estilo Victoriano y Bahameño, con sus árboles altos y frondosos que cubren de sombra todos sus parajes.

No debo ser la única con esta percepción.  El mismo Hemingway se enamoró profundamente de este lugar. Quiero pensar que este fue un preludio del El Viejo y el Mar — aun cuando se crea que su musa fue La Habana— como si se tratase de una especie de revelación concebida bajo el intenso rayo de sol, bañado por la humedad y la sal del mar Atlántico, mientras se vive  rodeado de balsas cargadas de redes, anclas y pescadores.

Puede ser posible fantasear con un lugar así, cuando día tras día, el mar da a luz un sol desde el lado este de la isla, o ve descender una estrella —teñida de rojos y naranjas— sumergirse en las aguas del Golfo de México.

Mis visitas a los cayos, siempre han sido cortas y esporádicas. Algunos de mis viajes tan solo han durado un día. Un día para atravesar el océano sobre sus islotes interconectados. Un día para pescar pensamientos o peces en el puente de las siete millas. Un día para contagiarse de azules degradándose en el lienzo que pinta el cielo celeste con el turquesa del mar. Un día para recorrer la calle Duval.

Mi última visita a Cayo Hueso, duro dos días.  Dos días que me parecieron una semana.

L’habitation

Cuando tome la decisión de ir, lo hice espontáneamente. No me preocupe por equipajes u hospedajes. Llegue sabiendo que podría pasar la noche en un hostal, o en su defecto en una playa o en un auto. Mientras manejaba sobre la Eaton Street encontré L’habitation: una casa blanca, de una antigua y romántica arquitectura Victoriana y Bahameña. Entonces atravesé su porche, con sus acogedores sofás de mimbre ubicados en la antesala de su estancia. Al abrir la puertecilla me encontré con un largo pasillo que llevaba a unas escaleras de madera antigua.

Al lado izquierdo del corredor descansaba un mueblecito de madera, con altas lamparillas amarillas y una colección de calabazas de cristal.  Al costado derecho una mesa con la misma decoración, un jarrón de rosas color salmón recién cortadas. Allí me recibió una mujer con un cierto aire europeo. Me mostro las habitaciones para que me decidiese por una de ellas. El recinto lo encontré limpio y cómodo y la tarifa por noche bastante justa.

Tras dejar allí mi inusual liviano equipaje, salí a recorrer Duval. Me detuve a mirar locales de arte, tiendas de artesanía, restaurantes y bares. Pase por el Museo de Arte e Historia ubicado en la antigua Casa de Aduanas de la Isla en donde me crucé con su maravillosa colección de estatuas gigantes. Así me fui adentrando hasta Mallory Square para celebrar la puesta del sol en lo que allí la gente llama Sunset Celebration.

Mallory Square

Mallory Square es una plaza bordeada de mar, donde cada tarde turistas y locales se agolpan para ver funciones callejeras, exposiciones de arte,  puestos de comidas y bebidas, mientras se espera la despedida del sol. Caminar Mallory es percibir el olor a mar. Es encontrar ojos de pescadores en las miradas de hombres dorados por el sol, con ojos tan claros como el agua y barbas tan largas como sus historias: pintando lienzos, creando figuras con alambres y latas de metal. Sus mujeres, tienen la marca del sol en las sienes y en las pupilas. Ellas venden su arte, sus fotografías, sus collares de conchas, o caracoles fritos, típicos de la isla.

Me senté en el muelle a esperar el atardecer mientras los veleros cruzaban el océano y en ellos cientos de manos ondeaban en el viento para despedir el día o abrazar la noche deambulando sus bares. Allí decidí sentarme en la barra de Sloppy Joes, el bar frecuentado por Hemingway, a tomar una cerveza solo para re-vivir la experiencia del escritor. Allí me quede hasta que el cansancio me venció.

Desperté temprano para aprovechar la lucecita del sol filtrándose por la ventana. Subí al balcón del hostal para desayunar. Un pequeño buffet de fruta fresca, panecillos, jugo y café esperaba. Levante la cúpula de cristal y escogí un pequeños croissants. En su interior, un hilo de nutela se escondía. Ha sido el pastel  más delicioso que he comido en toda mi vida. No dude en llevarme otro a la boca. No sabía cuánto tiempo iba a durar hasta saborear uno así, una vez más.

 La Milla Cero

Lleve mi equipaje conmigo, lo deposite en el auto y me lance a caminar. En la intersección de las calles Flemming y Whitehead. encontré la Milla Cero. Este es el punto alfa y omega de la US1, la misma calle que se eleva en sentido Norte sobre la costa Este de los Estados Unidos hasta llegar al Estado de Maine. De ahí tome el tren turístico que recorre la Republica de la Concha — nombre adoptado por sus habitantes en el año 1982, tras declarar unilateralmente su independencia de los Estados Unidos tras un bloqueo que la patrulla nacional fronteriza llevo a cabo en Florida City,  como respuesta al éxodo de Mariel, para evitar el tráfico ilícito de inmigrantes, el cual paralizo el comercio y el turismo en la isla. En dicho trayecto, visité el Instituto Cubano San Carlos y la  pequeña Casa Blanca donde residió durante cortas temporadas el ex presidente Harry Truman.

Fort Zachary Taylor

A mi llegada a los cayos, había quedado obsesionada con una fotografía que enseñaba un poste de madera el cual sostenía diferentes señalizaciones en forma de flechas apuntando en diferentes direcciones. Cada una de las saetas llevaban un nombre y un millaje, representando la distancia desde la punta del Cayo hasta la Habana, Miami, Paris, Londres, Tokyo, entre otros puntos geográficos importantes. Fue tal mi fijación con dicha fotografía que me obligue a buscar dicho poste sin saber exactamente dónde encontrarlo.

Las preguntas me llevaron hasta Fort Zachary Taylor. Que era? No tenía la menor idea. Pero mis pies me irían llevando a ese lugar. Fort Zachary Taylor resulto ser un antiguo fuerte amurallado construido a mediados del siglo XIX, con murallas fantasmales, cañones, ventanas minúsculas desde donde las garzas deambulan los pantanos y cuya terraza promete ser un mirador extraordinario. En sus parajes habita una vida silvestre que si no se le recorre no se aprecia.

Era la primera vez que veía tantas iguanas juntas escondidas en la hierba, o contemplando el agua, tendidas con su verde limón sobre las piedras de aquel fuerte. Fue ahí donde llegue a la conclusión que en realidad eran criaturas particularmente hermosas, aun cuando muchos las tildaran de horrorosas, como mi madre misma las describiría tras ver unos cuantos retratos. En ello radica la belleza de las cosas simples, de las cosas que se salen de lo ordinario. De aquello que no percibimos cuando conducimos o cuando caminamos la urbe. Por eso, no me importo seguir caminando, aun desprovista de agua y de buen calzado.

Los senderos silvestres me llevaron hasta una playa de arenas blancas y formaciones rocosas que el tiempo aun no ha logrado desintegrar. Entre el fijar la mirada en las huellas que dejaban mis pisadas y el sin fin de una playa, me encontré con un pequeño café.  Y junto a los arboles que le hacían sombra mi pequeño poste geográfico. Las flechas, los colores, los nombres de las ciudades, las distancias, la meta que me llevaría a recorrer un punto que de otra manera no me habría atrevido a explorar. Ya eran las cinco de la tarde y el sol caía una vez más. Así que aliste los pies ya cansados, para regresar y recoger mis pasos como quien hace una cuenta regresiva. Tome el auto para manejar de vuelta antes de ver anochecer no sin antes prometerme regresar.

*Fotografia: Andrea More* 

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17 pensamientos en “La República de la Concha…

  1. Con tu recuento pude imaginar y disfrutar cada rincon de esta hermosa “republica”. Solo una cosa……. Una pregunta. Me llevas en tu proximo viaje?. Besotes

  2. Ahy chinita siempre leo su blog antes de acostarme a dormir. me encanta jajaja. esta me hizo pelear con andres porq le dije q queria ir a los cayos pero a el no el gusta!!!! en fin ud sabe q yo lo hago ir al final!

    • Mucha linda! Lo importante es que Andres lo lea y se convenza de ir! Llevalo en 15 dias al Pirate Festival! Kids Free! Abuelita time!

  3. Andrea: Gracias por compartir tú mas reciente aventura, tus escritos y tus fotos. Sin duda eres una escritora y fotógrafa de primera clase. Cayo Hueso es un lugar súper mágico. Tu cuento me hizo revivir la belleza y los recuerdos que tengo de los Cayos…

  4. Qué maravilla! Siempre me han atraído los cayos de una forma abstracta, conocía su localización e imaginaba cómo sería vivir allí una puesta de sol. Ahora, gracias a tu crónica, visitarlos se ha convertido en un fuerte deseo.
    Gracias por todo lo que compartes y por cómo lo haces.
    Saludos.

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